Inicio del Sínodo Diocesano

El Obispo de la Diócesis de San Pedro Sula, Ángel Garachana Pérez, anunció ante unas 7mil personas el inicio del primer Sínodo Diocesano. La celebración fue en la Catedral San Pedro Apóstol.

Estimados hermanos en Jesucristo:

Los he convocado en este primer domingo de Cuaresma para anunciarles la celebración del primer Sínodo de la diócesis de San Pedro Sula. Es el obispo diocesano el que tiene la facultada de convocar el sínodo (CIC 462, 1) cuando lo aconsejen las circunstancias, después de oír al consejo presbiteral (CIC 461,1).

            ¿Qué es un Sínodo?

Sin duda que muchos de ustedes se estarán preguntando por dentro:

“¿Y qué es un sínodo diocesano?”

Trataré de dar respuesta a sus preguntas compartiendo con ustedes mis preocupaciones e inquietudes, mis deseos y esperanzas, mis planes y compromisos en relación con la diócesis de San Pedro Sula, las razones y los objetivos del Sínodo.

La palabra Sínodo es una palabra que viene de la lengua griega. En esta lengua “camino” se dice “ódos” y nuestra preposición “con” se dice “sin”. De ahí la palabra “sin-odo”. “camino con”, camino en común, o  caminar con otros, caminar juntos.

La Iglesia, que nació y creció hablando griego, convocó desde el principio asambleas, empezando por la de Jerusalén (Hech. 15,1-30), para dar respuestas nuevas a nuevas situaciones, y nuevos interrogantes. Y llamó a estas asambleas “sínodos”

Los sínodos fueron desde los primeros siglos de la Iglesia uno de los medios por los cuales los obispos “movidos por la comunión de la caridad fraterna y por amor a la misión universal conferida a los apóstoles, unieron sus fuerzas y voluntades para procurar el bien común y el de las iglesias particulares” (Vaticano II, Chritus Dominus (CD, 36) y el mismo Concilio Vaticano II desea que los Sínodos “cohen nuevo vigor para proveer mejor y con más eficacia al incremento de la fe en las diversas Iglesias, según los tiempos lo requieran” (Vaticano II, CD, 36)

Inspirados y motivados por este deseo del Concilio Vaticano II, conservamos la palabra “sínodo” pero sobre todo queremos recoger y vivir hoy su espíritu “Sínodo es nombre de Iglesia”, decía  San Juan Crisóstomo  en la segunda mitad de siglo cuarto. Así es. Los sínodos expresaban, una manera de comprender, sentir, vivir y realizar la Iglesia. De la misma manera convocar el primer sínodo de nuestra diócesis sampedrana implica una manera de comprender yo la Iglesia y mi ministerio en ella y para ella. Y una manera de animarlos y motivarlos a ustedes, sacerdotes, consagrados y laicos a que se sientan Iglesia hasta no poder callarlo y cantar jubilosos: “Iglesia soy… y tú también”. Somos Iglesia. Nada de la Iglesia nos es ajeno. Todo en la Iglesia nos afecta: nos alegra o nos duele, nos desconcierta o nos consuela, nos entusiasma o nos pone a prueba, pero no nos deja indiferentes.

Todos somos iglesia, todos somos llamados por Dios Padre a vivir en comunión con Cristo y entre nosotros mismos, animados todos por el único Espíritu. Pero el mismo Espíritu que es lazo de la unidad consumada es el que reparte dones o carismas distintos no para vanagloria y división, sino para el servicio humilde en bien de todo el Cuerpo de Cristo. Vivir en actitud sinodal es participar dinámica y corresponsablemente en la vida y misión de la Iglesia, es construir y reconstruir cada día la comunión fraterna por la gratuidad y el perdón y extender esa humanidad reconciliada en círculos concéntricos cada vez más amplios: comunidad eclesial, familia, ambientes de trabajo, colonia o aldeas, departamento de Cortés, sociedad en general.

Gracias a Dios ya vivimos en comunión, ya hemos entrado en el dinamismo de la comunión trinitaria: causa, ejemplo y meta de nuestra comunión. Ya estamos siendo signo e instrumento de comunión en la sociedad. Pero aún no hemos alcanzado la meta, ni llegado a la perfección en el amor. Aún somos pueblo que camina, entre consuelos y tribunales, en este departamento de Cortés. Aún esperamos que venga el Reino de Dios en plenitud y oramos: “Ven, Señor Jesús”. Aún estamos en “Sínodo”, juntos en camino.

            La Eucaristía, signo eficaz de una Iglesia sinodal

 

Esta celebración eucarística es una clara expresión y una eficaz realización de esta Iglesia sinodal: es decir comunitaria y servidora.  El sacramento del pan eucarístico significa y realiza la unidad de los creyentes que formamos un solo cuerpo en Cristo, y un cuerpo orgánico y hermosamente articulado con diversidad de miembros, ministerios, relaciones y servicios. Hasta hemos querido que la misma colocación en la Catedral exprese esta rica y variada comunión.

En el centro está Jesucristo hecho Palabra de verdad proclamada en el ambón y hecho Pan de vida repartido en la mesa del altar: Presidiendo la asamblea está el obispo que hace presenta a Jesucristo, verdadero pastor y obispo de nuestras almas, con su obispo auxiliar y rodeado de su presbiterio: sus sacerdotes, verdaderos hermanos y colaboradores. En las bancas del crucero que forma la catedral están representantes de los consejos pastorales de las 32 comunidades parroquiales y representantes de las diversas comisiones de pastoral que coordinan la gran variedad de servicios que la Iglesia realiza.

Llenando toda la Catedral, nuestra casa, está este pueblo de Dios, todo el sacerdotal, que vive, cree, ama, lucha, sufre, y espera en toda la geografía diocesana del departamento de Cortés.

Al concluir la Eucaristía no nos quedaremos aquí encerrados sino que seremos enviados y nos pondremos en camino para llevar y testimoniar a Jesucristo vivo en nuestras calles, casas, escuelas, fábricas y oficinas; en nuestras instituciones familiares, laborales, educativas, políticas y sociales.

Hermanos, ¡aquí está la Iglesia, aquí se edifica la Iglesia, aquí crece la Iglesia, aquí la Iglesia se hace Sínodo en la Eucaristía!

El Sínodo de nuestra diócesis

Esta Iglesia de comunión, participación y corresponsabilidad, que llamamos Iglesia sinodal, tiene, para expresar, realizar  e incrementar esa comunión personal y pastoral, unos organismos y estructuras como son las parroquias, los consejos diocesanos y parroquiales, las comisiones de pastoral, etc. Pero la estructura sinodal mayor, donde aparece con más fuerza la totalidad de la Iglesia local o diócesis en el Sínodo diocesano.

El Sínodo de la diócesis de San Pedro Sula que estoy convocando, es una asamblea de sacerdotes, religiosas y religiosos, y fieles laicos escogidos de esta Iglesia particular que disciernen, bajo la presidencia y animación del obispo, los caminos a recorrer en renovada fidelidad al seguimiento de Jesucristo y a la misión recibida de Él (CIC 460, Reglamento del Sínodo art. 1). “El Sínodo diocesano expresa de forma privilegiada la comunión de todo el pueblo de Dios reunido en torno a su pastor; manifiesta la corresponsabilidad que anima a todas las personas e instituciones eclesiales y a todos los ministerios y carismas existentes en la diócesis y es instrumento eficaz para renovar la misión y el servicio a favor de los que habitan en el departamento de Cortés, para que todos tengan vida plena en Cristo” (Reglamento del Sínodo, 2).

Hoy estoy realizando la convocatoria del Sínodo que concluirá el 13 de julio del 2013. Como pueden ver, el sínodo diocesano abarcará un proceso largo de año y medio aproximadamente y se desarrollará en tres etapas. La primera etapa, desde hoy  hasta el día de San Pedro, la consideramos como “etapa preparatoria”  y en ella hay como dos movimientos: un primer  movimiento hacia las parroquias, comunidades eclesiales de base, asociaciones laicales, etc. para llevarles la información, explicación y sensibilización sobre el Sínodo. Y un segundo movimiento para recibir de todos ustedes sus inquietudes y necesidades, sus deseos y propuestas sobre lo que debe tratar el Sínodo.

La segunda etapa comprende desde julio a diciembre del 2012. Es la etapa de reflexión, diálogo y discernimiento en las comunidades, movimientos y  grupos sobre los temas del Sínodo y de formular las propuestas frutos del consenso del grupo.

Y finalmente, la tercera etapa abarcará la primera mitad del año 2013 y es propiamente la etapa sinodal. En ella se celebra la “asamblea sinodal” formada por representantes de toda la diócesis, bajo la presidencia del obispo, para estudiar, discernir y aprobar las conclusiones del Sínodo.

Motivaciones y objetivos del Sínodo

Quizá se estén preguntando o tengan ganas de preguntarme ¿Por qué celebrar un Sínodo? ¿Qué razones le mueven a convocar un sínodo, después de haber escuchado al presbiterio?

Hay una razón de tipo cronológico. El día 13 de julio re cumplirán 50 años de erección de la diócesis de San Pedro Sula por el Papa Pablo VI. Antes, desde 1916, había sido vicariato apostólico o territorio de misión encomendado a la Provincia de Barcelona de la Congregación de la Misión o misioneros “paulinos”.

Cincuenta años es una fecha simbólica culturalmente, digna de ser celebrada con especial relieve, buena oportunidad para un sínodo diocesano.

Se ha dado también recientemente otro acontecimiento eclesial que tiene unas consecuencias importantes en la configuración de nuestra diócesis. El día 11 del presente mes de febrero fue erigida la nueva diócesis de La Ceiba, separando los departamentos de Atlántida y de las Islas de la diócesis de San Pedro Sula, y fue ordenado su primer obispo Mons. Miguel Lenihan, OFM. Esta división tiene efectos en las personas: sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral, en los organismos de comunión como los consejos y comisiones, en las opciones pastorales según las características y retos más específicos del territorio y habitantes de Cortés. El Sínodo es una buena forma de discernir esta nueva manera de ser diócesis y de relanzar su misión.

Pero hay además otras causas más espirituales y misioneras que brotan del ser y del quehacer actual de nuestra diócesis. Estas causas en cuanto estén ya en nuestra voluntad, son como las motivaciones que nos orientan y animan y en cuanto son algo por ir realizando y por alcanzar son como los fines u objetivos que nos proponemos. Cuatro son las metas que nos proponemos y que nos motivan a celebrar  el primer Sínodo de nuestra diócesis.

Nos proponemos, en primer lugar, hacer memoria agradecida del camino recorrido en los 50 años como diócesis misionera, guiada por el Concilio Vaticano II y las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Medellín, Puebla, Santo Domingo y Aparecida. Es bueno, saludable, educativo y renovador recordar- pasar por el corazón – la historia cincuentenaria de nuestra diócesis. Perder la memoria es signo de envejecimiento. La iglesia se mantiene siempre joven por la continua renovación del Espíritu. Por eso no es una comunidad desmemoriada sino una comunidad que hace memoria de las obras salvadoras de Dios en su historia. La Palabra de Dios nos pide constantemente que recordemos, hagamos memoria de Dios, de su fidelidad, de su providencia en los avatares de la historia.

Los cinco domingos del tiempo de cuaresma nos invitan a hacer memoria de la historia de salvación en clave de alianza amorosa, gratuita y fiel de parte de Dios con la humanidad y de manera especial con su pueblo elegido. En este primer domingo cuaresmal escuchamos y renovamos, la alianza de Dios con Noé después que cesó el diluvio: “Dios dijo a Noé y a sus hijos: yo hago una alianza con ustedes y sus descendientes…Él diluvio no volverá a destruir la tierra… pondré mi arca en el cielo como señal de alianza… cuando aparezca sobre las nueves el arco yo recordaré mi alianza perpetua con ustedes” (Gen. 9,9-17).

El segundo domingo nos recuerda la alianza con Abrahán y las bendiciones prometidas a él,  a sus descendientes y a todos los pueblos por medio de él, porque no se reservó a su propio hijo sino que se fió de Dios y en su voluntad caminó. El tercer domingo nos invita a entrar en la alianza establecida con Moisés y en el cumplimiento del decálogo dado por Dios. En el cuarto domingo aprendemos a reconocer la fidelidad y misericordia de Dios que como en un nuevo éxodo libera al pueblo pecador del destierro de Babilonia. Y finalmente en el quinto domingo, el Señor promete por medio del profeta Jeremías una alianza nueva, grabado en el corazón. Este camino de alianza culminara en Jesucristo, su cruz es el arco levantado como recordatorio de la reconciliación, Él es el hijo sacrificado para el perdón de los pecados, en su sangre queda sellada la nueva alianza e interiorizada en nuestros corazones por el Espíritu.

Desde esta clave bíblica y litúrgica nuestros cincuenta años de diócesis forman parte de la historia de la fidelidad y de la compasión de Dios para con nosotros, para los que han vivido en este ciclo temporal y también para nuestra tierra y nuestro mar.

En segundo lugar, el Sínodo de nuestra Iglesia diocesana se propone profundizar en su experiencia de fe y abrir horizontes para su transmisión y testimonio a las nuevas generaciones. Nos unimos de esta forma al Papa Benedicto que ha decidido convocar el año de la fe. Comenzará el 11 de octubre del 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, el 24 de noviembre del 2013.

El Sínodo es una invitación a profundizar en la experiencia de fe. La fe, como adhesión amorosa y entrega personal a Jesucristo, no es una realidad poseída de una vez para siempre sino que está llamada a crecer y a invadir toda la vida del creyente: pensamiento, afecto, mentalidad y comportamiento.

El evangelio nos recuerda que esta fe es puesta a prueba. Hoy son muchas las pruebas de la fe. Como a Jesús, el Espíritu nos lleva al desierto, es decir a situaciones internas y externas en las que la fe es puesta a prueba para comprobar su calidad y salir de la prueba más enraizada y purificada. En la prueba son muchos los que sucumben, los que abandonan la verdadera fe, los que cambian al Dios vivo y verdadero por los ídolos del poder y del dominio, del dinero fácil,  injusto y empobrecedor de otros, de la imagen y prestigio social, del consumismo de cosas y placeres.

También Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto donde fue tentado por Satanás. (Mc. 1,12-13). En el desierto, lugar de prueba y de fidelidad de Dios, Jesús permaneció 40 días para volver a recorrer en si mismo toda la historia de la humanidad: la historia de Adán que fue tentado, peco y murió, la historia del pueblo de Dios que en el desierto fue sometida a la prueba y cayó. Pero Jesús no sucumbe a la tentación, es el vencedor del pecado y el restaurador de los orígenes según el plan de Dios. El es el nuevo Adán que vive en armonía con la creación y con Dios. “Vivía con las fieras y los ángeles le servían”. Él es el comienzo de la nueva humanidad que tiene su signo y sacramento en la Iglesia, comunidad de los que creen en Jesús, que han muerto al viejo Adán y participan de la vida nueva de Jesús la vida de “hijos queridos” de Dios, por el bautismo (cfr. Mc. 1,9-11)

Una prueba característica de los tiempos actuales es la dificultad de transmitir la fe a las nuevas generaciones. Estamos viviendo tiempos de cambios profundos, rápidos y globales. El cambio más profundo es el cambio cultural que afecta a todos pero de manera especial a las nuevas generaciones. Estos cambios inciden de manera muy profunda en la transmisión de la fe en cuanto va ligada a unas expresiones, lenguajes y símbolos mudables. Por eso, un objetivo prioritario del Sínodo es “abrir horizontes para testimoniar y transmitir la fe a las nuevas generaciones”.

En tercer lugar, con la celebración del Sínodo nos proponemos “revisar nuestra auto compresión como pueblo de Dios que camina en este departamento de Cortes y discernir los caminos de renovación de nuestras parroquias y estructuras pastorales”. Nuestro Sínodo nos llama a todos, según la personal vocación, a revisar nuestro modo de ser Iglesia: revisar nuestra manera de realizar el ministerio de obispos y presbíteros al servicio de las comunidades en este tiempo y lugar concreto; a discernir los religiosas y religiosas su testimonio de Dios vivo como “El único necesario”  y su ejemplo de amor servicial a los pobres en el corazón de la comunidad eclesial; a revisar los laicos su incorporación diligente y gozosa a la vida de la Iglesia en sus servicios en el interior de ella misma y en sus tareas profesionales y sociales en el mundo. Nadie queda excluido de esta revisión en orden a una renovación profunda, personal y comunitaria.

La celebración del Sínodo recogerá y relanzará el proceso de renovación parroquial que, inspirado en Aparecida y apoyado por la Conferencia Episcopal, venimos realizando en Honduras y en nuestra diócesis, desde hace dos años de una manera más directa y explicita. El camino está iniciado, la dirección está marcada, sigamos adelante juntos, caminemos unidos, hagamos “sin-odo”.

Finalmente nuestra Iglesia se propone “ser testigo de esperanza profeta de la dignidad de cada ciudadano, servidora fiel de excluidos y marginados”. La misión de nuestra diócesis no puede prescindir del contexto histórico donde viven sus fieles (cfr. DA 367). Nuestra realidad social está herida de muerte por la violencia, dividida por la inequidad social, desarticulada por la falta de una democracia participativa y al servicio del bien común, dañada moral y estructuralmente por la corrupción.

En este contexto, nuestra Iglesia no puede darse la vuelta y pasar de largo. Como el buen samaritano debe acercarse, mirar, conmoverse y curar a los marginado y excluidos en el camino, porque “el Reino de la vida que Cristo vino a traer es incompatible con estas situaciones inhumanas” (DA 258). El Sínodo nos dará luces y fuerzas para discernir que, significa para nuestra diócesis hacer suyas las palabras de Aparecida: “hoy queremos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres” (DA 396). “Nos urge la misión de entregar a este pueblo de Cortés la vida plena y feliz que Jesús trae para que cada persona humana viva de acuerdo con la dignidad que Dios le ha dado” (DA 389).

           

Actitudes: participación y oración

Queridos hermanos: presbíteros y seminaristas, miembros de la vida consagrada, agentes de pastoral, fieles todos del Pueblo Dios, los convoco a todos a unirse a esta caminata de fe y de responsabilidad eclesial con alegría y esperanza, a participar corresponsablemente en los trabajos sinodales según la forma correspondiente en cada una de sus fases. Todo el Pueblo de Dios tiene el derecho y el deber de integrarse en las diferentes fases sinodales conforme a los Reglamentos correspondientes. Que nadie se quede como mero espectador. Todos somos protagonistas y artífices de la renovación de la Iglesia.

Y no cejemos en la oración. Si el Señor no anima nuestros pasos, en este caminar nos faltarán las fuerzas y erraremos el camino. Les pido a todos la oración confiada, intensa y permanentemente por el Sínodo. Nuestro Sínodo quiere ser,  en todas las etapas de su  proceso, una experiencia de escucha de la Palabra de Dios, de confianza en su amor, de entrega a su voluntad, de súplica confiada y de acción de gracias. Repitamos frecuentemente el lema del Sínodo: “Señor, enséñanos tus caminos”.

Convocatoria de Sínodo

Queridos hermanos, ante ustedes, reunidos en esta asamblea eucarística del primer domingo de cuaresma, después de haber acogido la Palabra de Dios en el corazón  y de haber escuchado de mis labios la explicación de la naturaleza y objetivos del Sínodo, poniéndonos bajo la protección del Apóstol Pedro, Patrono de la diócesis y de la Inmaculada Concepción de la Medalla Milagrosa copatrona de la diócesis, convoco el primer Sínodo de la diócesis  de San Pedro Sula, para gloria de Dios y para que en Cristo todos tengamos vida en plenitud. Amen

San Pedro Sula, 26 de febrero del 2012

+ Ángel Garachana Pérez, cmf

Obispo de San Pedro Sula

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3 comentarios

  1. Fue un día histórico!

  2. Luis Monge

    Excelente lanzamiento… confiemos en Dios que todo sera exitoso en el proceso y se cumpliran todos los objetivos..
    Saludos…

    • Gracias Luis Monge por sus comentarios. El buen exito del Sínodo es trabajo de todos. Así que le animo dar a conocer a los demás la buena nueva de Señor que este sínodo nos invita a vivir y anunciar.

      Saludos y que Dios le bendiga.

      P. Luis

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